No es precisamente un cuento, pero había una vez, hace muchos años, que esta ciudad nuestra era muy distinta, sobre todo en el atardecer, pareciera solo tal vez la percepción del niño que fui, el cual en el jardín de su casa, justo un breve periodo cuando el sol cambiaba su intensidad por rayos de tonalidades naranja, previo al ocultarse en el horizonte y hasta el crepúsculo, dejaban de hacer sonidos las aves que regresaban a descansar en las ramas de los árboles de algunos jardines del centro y junto con ellas se reducía el ruido del entorno urbano para dar paso a una tregua, como si alguien decidiera bajar el volumen girando un botón en el sentido contrario a la elipse que traza el sol durante el día. Era un momento único, cuando circunstancialmente me encontraba jugando sin compañía, en un espacio de relativa soledad en el jardín familiar y me invadía una emoción de alegría y calma. No lo sabía entonces, pero al paso de los años, sin proponérmelo ni pensando en ello, volvían a presentarse aleatoriamente esos momentos en una ciudad que ni siquiera imaginaba que iría a crecer y mucho menos a la velocidad que lo hace en la actualidad. Esos paréntesis donde se refugia el silencio, suelen darse cada día, pero había que coincidir en tiempo y circunstancia.
Recuerdo algún par de tardes al subir a la azotea del edificio del negocio familiar en esa hora, solía ocurrir lo mismo, a pesar que unos metros abajo en la calle se mantenía el ajetreo de gente y automóviles. Así, fueron ocurriendo variadas coincidencias de horario y soledad de manera muy espaciada, pues la vida cotidiana demanda convivencia y múltiples actividades.
Sin embargo, no fue sino hasta décadas después, que comprendí el valor de esos momentos de tarde con uno mismo. Sí, lo descubrí en el tiempo de pandemia, era inevitable cuando el encierro hacía de las suyas.
Comprendí entonces por qué me gusta la fotografía, especialmente en los atardeceres con esa luz maravillosa y por qué en momentos duros y difíciles se puede encontrar un poco de sosiego cuando la tarde se viste de naranja por apenas unos minutos, antes de que la noche toque el timbre para abrirle a la oscuridad. Eso me explica por qué hoy día, al volver del trabajo, provoca también alegría llegar a casa y tratar de coincidir con esa luz y ese curioso silencio, a pesar de que justamente en esa hora se incrementa el tránsito vehicular por múltiples razones. El tiempo es sin duda alguna uno de los mejores maestros, nos enseña a ver la vida misma desde una perspectiva muy distinta al niño, al adolescente, al joven y al adulto que muchos ya fuimos o somos.
Concluyo que simplemente hay breves paréntesis en la vorágine de la vida actual, que podemos aprovechar sin mayor pretensión que obsequiarnos el equivalente a un postre de tiempo, que devoramos con el gusto que lo hacen los pequeños al tener un helado entre sus manos. La diferencia importante es que no es algo material, no implica pagar un precio, solamente estar dispuestos a observar el entorno y aprovechar esas circunstancias que cada vez omitimos por optar por los dispositivos. En fin, es curioso, pero cada día tiene ese momento en este mundo que gira y en este Querétaro nuevo que deseamos conservar.
@GerardoProal