El día de hoy a las 16:00 horas en Washington, tras el cierre de la bolsa de valores en Wall Street, el presidente Donald Trump anunciará los aranceles globales. Esta estrategia de temporización no es casual: busca mitigar el impacto inmediato en los mercados financieros, que ya han reaccionado negativamente ante sus amenazas proteccionistas. Esta decisión, presentada como una medida para “nivelar el campo de juego” comercial y fortalecer la economía estadounidense, evidencia una visión proteccionista anclada en premisas obsoletas y una preocupante desconexión con la realidad global de los mercados.
Desde la teoría económica clásica hasta el enfoque liberal contemporáneo en relaciones internacionales, se reconoce que el comercio es una herramienta de interdependencia estratégica. Esta visión se materializa en las cadenas globales de valor: complejas redes de producción distribuidas entre varios países, donde cada eslabón contribuye con partes, servicios o procesos esenciales. México no es sólo un proveedor de materias primas, sino un socio indispensable en la manufactura avanzada que nutre a industrias clave estadounidenses como la automotriz, la aeroespacial o la electrónica. Los insumos cruzan múltiples veces la frontera en ambas direcciones antes de convertirse en productos terminados. Interrumpir estas cadenas a través de aranceles no sólo eleva los costos de producción, sino que provoca efectos en cascada: aumentos en los precios al consumidor, pérdida de empleos en sectores que dependen de la exportación y represalias comerciales por parte de socios estratégicos.
Trump, en su retórica, parece creer que estas medidas impulsarán un círculo virtuoso de consumo interno. Pero ese círculo está más cerca del espejismo que de la realidad. Las teorías proteccionistas del siglo XIX no son aplicables a una economía del siglo XXI, en la que el flujo de bienes, servicios y componentes tecnológicos depende de una red global interconectada. Aislarse de este sistema no sólo es contraproducente, sino peligroso para la competitividad de Estados Unidos.
La estrategia de encerrarse en una burbuja es políticamente riesgosa tanto por el daño estructural que puede infligir a la economía, como porque debilita la posición geopolítica de Estados Unidos frente a rivales y aliados por igual. La historia económica enseña que las guerras comerciales rara vez tienen vencedores claros; lo que sí dejan son secuelas duraderas en el empleo, la inversión y la confianza de los mercados.
Trump apuesta por una narrativa de autosuficiencia que ignora tanto los datos duros como la experiencia histórica. Como resultado, la oposición interna a las medidas arancelarias de Trump va en aumento, las señales del mercado son negativas y los costos políticos de sostener esta cruzada arancelaria podrían ser altos. La pregunta ya no es si habrá consecuencias, sino cuán profundas serán y si la burbuja se romperá antes de que Trump logre demostrar que tenía razón.
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