En este espacio de opinión hemos abordado con anterioridad el tema de la cultura del narcocorrido. De nueva cuenta, esta semana vuelve a ser tendencia debido a la polémica desatada por la presentación de Los Alegres del Barranco en el Auditorio Telmex de Guadalajara, donde, en plena interpretación de El del Palenque, se proyectaron imágenes de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). El espectáculo no pasó desapercibido. En cuestión de horas, el video se hizo viral, encendiendo un debate sobre la glorificación del crimen organizado y la normalización de la violencia en la música popular mexicana.

El fenómeno no es nuevo. Desde hace décadas, el narcocorrido ha sido una narrativa sonora que retrata tanto la crudeza de la vida criminal como la construcción de figuras casi míticas en torno a los líderes de los cárteles. Lo que sí es nuevo es la escala del problema. Con plataformas de streaming y redes sociales, estos mensajes llegan más lejos y más rápido que nunca, influyendo en una audiencia joven que encuentra en los capos de la droga modelos de éxito y poder.

La discusión sobre prohibir los narcocorridos ha resurgido con fuerza. Algunos gobiernos estatales han impulsado medidas para censurarlos, prohibiendo su difusión en conciertos y ferias. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que la prohibición solo genera un efecto contrario: alimenta el morbo, refuerza la identidad rebelde de estos géneros y los hace aún más atractivos para quienes los consumen. En el fondo, la censura es una solución superficial para un problema cultural más profundo.

La música ha sido, históricamente, un espejo de la sociedad, pero también un motor de transformación. Sin embargo, parece que el mercado ha decidido que solo los relatos de violencia, poder y dinero fácil venden. ¿Es realmente una cuestión de oferta y demanda, o hemos dejado que el crimen organizado monopolice la narrativa de lo aspiracional?

El verdadero problema es que los narcotraficantes han ocupado un vacío dentro del imaginario colectivo. Para muchos jóvenes, son los referentes de éxito más visibles en su entorno. Mientras las historias de otro tipo de perfiles como médicos, científicos, emprendedores sociales o activistas pasan desapercibidas, las figuras criminales se convierten en íconos aspiracionales. El discurso de los narcocorridos no es más que el reflejo de una sociedad que ha fallado en ofrecer modelos de vida alternativos.

Si queremos cambiar la narrativa, es necesario redirigir la atención hacia otro tipo de héroes. Se requiere una estrategia que vaya más allá de la censura y que promueva historias de éxito basadas en el esfuerzo, la creatividad y el trabajo honesto. La cultura es un campo de batalla donde se define qué valores prevalecen. Hoy, los narcocorridos están ganando la partida. Es hora de que otros relatos tomen protagonismo antes de que la línea entre el bien y el mal se diluya por completo.

@RubenGaliciaB

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